ENSAYO

“Consideraciones sobre ética, política y violencia en Maquiavelo”

 

AUTOR:

José Antonio Tedy Palacios

 
VERSIÓN PDF

“CONSIDERACIONES SOBRE ÉTICA, POLÍTICA Y VIOLENCIA EN MAQUIAVELO”

José Antonio Teddy Palacios

 

 

INTRODUCCIÓN

Mucho se ha debatido sobre el concepto de Violencia en Maquiavelo y las implicaciones que derivan de su uso; sin embargo, es materia de actualidad por la relación directa que observa con fenómenos políticos contemporáneos. Si bien es cierto que por una parte el desarrollo de los sistemas democráticos surgidos a partir de lo que Weber denominó la racionalidad occidental, y por otra, la experiencia siempre presente de cruentas dictaduras fascistas en épocas recientes nos conviertan el tema en insoportable, debe realizarse un esfuerzo analítico que permita dilucidar algunas cuestiones relacionadas con el poder político y la violencia legítima que sustentan la tesis de la Razón de Estado.

Por más que parezca una discusión superada, la relativa en torno a la democracia, sus formas y sus límites, es, por el propio concepto de Democracia, inacabada. Así, explorar la concepción moderna de democracia nos conduce irremisiblemente a las cuestiones relativas al derecho y sus límites, a las consideraciones acerca de la libertad y su uso legítimo, siempre limitado por la no afectación del derecho de los demás, hasta donde se debe permitir este uso y como se entiende hoy el marco que norma las reglas del proceso político. En cuanto a las consideraciones sobre ética y moral, es necesario profundizar en el estudio sobre las relaciones que guarda el ejercicio del poder con ellas y la distancia que existe entre lo ideal y lo real en este punto.

Tener en cuenta el análisis clásico de este gran politólogo es de suma importancia, pues sin anacronismos, se debe entender lo más profundo de su filosofía sobre estas cuestiones considerando su obra en conjunto - lo cual normalmente no se hace-, y, de este modo, comprender las implicaciones de la premodernidad política al menos para saber de donde deben alejarse los sistemas que aspiren a llamarse democráticos.

UBICACIÓN HISTÓRICA.

La ubicación histórica y una aproximación descriptiva de las condiciones existentes en la época en que fue creada la obra polémicamente célebre de Nicolás Maquiavelo resultan de fundamental importancia para el análisis de su legado. Esto es así por que con el siglo XVI se inicia una etapa de transformaciones de suma importancia para la humanidad; asimismo se proviene de una era en la cual existía un fuerte predominio de la iglesia católica con la extensión que ello suponía, y que en forma fundamental consistía en la interpretación del ser humano y su entorno, su origen y destino, a través de los valores tradicionales impuestos por la moral cristiana. De esta forma, se daba un sustancial elemento religioso en todas las actividades humanas; las artes, las ciencias, y en general todo aquello que tuviera relación con la interpretación del universo. Por supuesto, la visión e interpretación que existía de los fenómenos sociales y políticos estaba plena de contenido religioso, planteando siempre los valores contenidos en la fe cristiana como el punto de referencia obligado y, además, único existente.

 

El nuevo siglo abre paso a profundos cambios no sólo en el aspecto cultural sino también en los aspectos económico, social y político. Se da una liberación de ataduras mantenidas a lo largo de la llamada Edad Oscura, lo cual determinaría una reformulación progresiva de los valores hasta entonces mantenidos. Asimismo, se observa un espectacular resurgimiento de las ciencias y las artes, y, por consiguiente, un lento pero inexorable proceso de autonominación de las mismas. El paulatino surgimiento de identidades nacionalistas iba a reforzar este proceso de autonominación, porque desde las creencias religiosas hasta las más novedosas ciencias observaban un creciente carácter nacionalista.

Sin embargo, este proceso requirió del profundo replanteamiento de cuestiones tan básicas como las referentes a los conceptos utilizados en el lenguaje artístico y científico, para lo cual durante un largo período se seguirían manteniendo rasgos notoriamente religiosos en estas cuestiones. Por lo que respecta al ámbito social, se generaba una recomposición de la sociedad medieval que iba a rediseñar las formas de dominación política existentes. De esta forma, el fenómeno político no estaba al margen del cambio y consecuentemente se observaba una mutación en las creencias y prácticas políticas tradicionales.

A Maquiavelo le toca vivir este proceso en su primera etapa, quien además de poseer un acucioso sentido de la observación, realizará una corta pero intensa y fecunda gestión en los asuntos externos de su natal Florencia, lo cual le dotaría de inapreciables elementos para el análisis histórico y empírico del devenir de la humanidad y de la realidad de su tiempo, respectivamente.

Es esta una etapa de intensos cambios en las creencias y valores, y por lo tanto de sorprendentes y repentinas movilizaciones en la escala social, está determinada por las transformaciones económicas y las condiciones políticas de gran inestabilidad. Por lo tanto, la sociedad en su conjunto y los pensadores de la época en particular, asistían a una reformulación integral de sus conceptos, ideas y prácticas, así como de sus usos y costumbres, con lo cual se sentaban las bases para la sociedad moderna.

LA PERSPECTIVA ÉTICA

Los valores existentes en la época empezaron a ser cuestionados y por ende las actitudes, tanto en el individuo como en la sociedad, experimentaban cambios importantes. Durante la Edad Media existían formas de control social a través de las prédicas sustentadas en la promesa en la vida eterna, aún cuando en la práctica, los hombres en la esfera del poder actuaban contraviniendo estos valores en la mayoría de los casos. Maquiavelo es un observador perspicaz de esto y por tanto, consideraba de muy poca utilidad la aplicación de los valores clásicos heredados de la antigüedad, así como de los valores predicados por la moral cristiana.

Los pensadores de la antigüedad habían establecido la búsqueda de la gloria por medio del buen gobierno como el fin superior a alcanzar por el gobernante; todo esto va determinado por las virtudes que posea el sujeto, es decir, las cualidades cardinales y principescas que los moralistas romanos consideraban que debía poseer un príncipe para alcanzar la gloria. Entre ella destacaban la honestidad, la magnanimidad y la liberalidad en las principescas mientras que por lo que respecta a las cardinales serían la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. Por su parte, los pensadores medievales censuraban cualquier forma de ambición mundana, basados en la firme creencia que el verdadero reino no estaba en este mundo y que pertenecía a Dios y por lo tanto, los hombres poseían un poder de carácter terrenal y pasajero concebido por la gracia divina, por lo que debían afanarse en observar lo más posible las cualidades positivas, para de esta forma alcanzar la gloria divina. Esto implicaba el alejamiento de los vicios mundanos por parte del príncipe.

El análisis de Maquiavelo deja de lado los conceptos propios de la filosofía cristiana al considerar, en la línea de los pensadores romanos, que es en este mundo en donde se debe perseguir la gloria a través del mantenimiento y engrandecimiento de su reino. Asimismo, enuncia que los valores predicados por la moral religiosa son admirables y dignos de observar, pero son completamente inútiles en el difícil arte de gobernar, por lo que si se aspira a ejercer un buen gobierno, mantener el Estado y alcanzar la gloria, un príncipe debe renunciar a la observancia de estos valores en la mayoría de los casos. En cuanto a los pensadores de la antigüedad, existe coincidencia en la determinación de los fines a alcanzar por el príncipe, comparte que esto sólo puede alcanzarse si el sujeto de la acción política posee una cualidad especial que denomina virtud, pero es precisamente en la concepción de lo que determina la virtud donde Maquiavelo va a sostener una fundamental discrepancia con estos pensadores; y es donde precisamente se encuentra el planteamiento original y hasta revolucionario en el sentido de transformador que generaría la controversia histórica en relación a este autor y su pensamiento político. Se deja para el siguiente apartado el análisis de las cualidades que Maquiavelo considera propias de observar en el político, situando por ahora en las concepciones concernientes a la ética y a la moral.

En primer término, como se ha señalado, a este pensador le toca vivir una época de cambios trascendentales para el desarrollo humano, cambios que en forma concreta afectarían también las tradicionales formas de autoridad y legitimidad. Se ha insistido con frecuencia que el observar este acontecer influyó decisivamente en su propósito de analizar centralmente los principados de nueva creación y, en particular, de aquellos que habían sido obtenidos como producto de la acción de los príncipes. El percibía que en los siglos recientes los rápidos cambios en las formas institucionales, estructuras sociales y formas de liderazgo, había hecho más viejas las obsoletas nociones de legitimidad. Maquiavelo consideraba que un principado hereditario planteaba menos dificultades para su mantenimiento por poseer una estructura de transmisión del poder que preservaba las lealtades y las expectativas de los hombres, por lo cual, bastaba con conservar las formas tradicionales para mantener la estabilidad. En cambio, un príncipe nuevo requiere de un conocimiento y unas prácticas que le permitan actuar exitosamente. Esto como consecuencia directa de vivir en una situación muy difícil de inestabilidad potencial y permanente a consecuencia del nuevo tipo de hombres participantes del proceso político.

El análisis de Maquiavelo deja de lado los conceptos propios de la filosofía cristiana al considerar, en la línea de los pensadores romanos, que es en este mundo en donde se debe perseguir la gloria a través del mantenimiento y engrandecimiento de su reino.  

En el hombre nuevo, el arribista político, Maquiavelo pintaba un impresionante retrato de la figura que iba a modificar la política moderna. El hombre nuevo era la descendencia de una era de inquieta ambición, de la rápida transformación de instituciones y rápidos cambios de poder entre las élites. Aunado a estas condiciones, él entendía la condición humana como plena de características negativas, movida por la ambición en un mundo en el que a la vez existen pocas posibilidades de satisfacer los intereses humanos. Esto genera una situación de permanente conflicto entre los hombres porque unos intentan satisfacer sus intereses sin importarles afectar a los demás y al mismo tiempo viven temerosos en defensa de lo que poseen. Pero lo más importante a considerar es que los hombres son simuladores y prestos a la traición no sólo entre ellos, sino también con el propio Príncipe, sobre todo si éste es nuevo y existen posibilidades de cuestionar y afectar con hechos su legitimidad y autoridad; por lo tanto, es indispensable para el gobernante observar un comportamiento que propicie el temor entre los súbditos a actuar en su contra. “La disposición en que todo príncipe se encuentra es la de procurar proteger sus intereses en un mundo sombrío en el que la mayoría de los hombres no son buenos. Se sigue de ello que si él insiste en hacer que sus negocios sean buenos en medio de tantos que no lo son, no solamente fracasará en la obtención de grandes cosas sino que seguramente será destruido”(1).

Por lo tanto, se considera al individuo que gobierna como un ser que debe afianzar su existencia entre seres ambiciosos y por lo general corruptos, como la única forma de sobrevivir en un mundo hostil. Además, si un gobernante quiere alcanzar sus más altos fines, no deberá considerar racional el ser moral en el sentido tradicional, pues esto acabaría llevándole a una ruinosa e irracional política.

Es fundamental tener en cuenta que Maquiavelo no considera que un príncipe deba en todo momento actuar atacando por medio de actitudes contrarias a la moral, sino que hay ocasiones en que la necesidad hace imperiosa ese tipo de actitudes, es más, el fin último es mantener el gobierno y la sociedad estables para garantizar una paz relativa que permita su engrandecimiento. Sin embargo, un príncipe debe observar cómo su actuación constante la posibilidad de cambiar según las circunstancias lo exijan. “Un príncipe prudente debe guiarse ante todo por los dictados de la necesidad: para mantener su buen gobierno, debe conseguir el poder de no ser bueno, y aprender cuando usarlo y cuando no según cuando las circunstancias lo indiquen.(..) Un príncipe prudente defiende lo que es bueno, pero sabe como hacer el mal cuando es necesario. Más aún, debe resignarse ante el hecho de que se verá necesitado con frecuencia a actuar en contra de la verdad, en contra de la caridad, en contra de la humanidad, en contra de la religión, si quiere mantener un buen gobierno”.(2)

De esta forma se puede llegar a concluir que en realidad el alejarse de la práctica de los preceptos morales tradicionales, es siempre con la finalidad de obtener la moralidad, o como se ha dicho, la única forma de preservar la moralidad (pública) es por medios inmorales.

Es importante considerar la reflexión que hace Maquiavelo acerca de las actitudes que son consideradas vicios y virtudes, y de cómo algo que es considerado como virtud (tradicional) puede convertirse en algo desastroso para un Estado, y en contraposición, uno de los llamados vicios podría resultar benéfico para el propio pueblo. Baste citar el ejemplo que cita sobre el uso de la liberalidad o el de la compasión en los capítulos XVI y XVII de “El Príncipe”. Este pensador establece que la consideración de una actitud como virtuosa es en si misma inútil reservando en todo momento su calificación a la eficacia que pueda resultar de su utilización. En ocasiones lo bueno no es conveniente y, a veces, lo conveniente no es moralmente bueno. Por lo tanto, para Maquiavelo la lógica intrínseca del fenómeno político genera su propia moralidad, esto quiere decir, que a los fines del quehacer político no se les puede considerar con los mismos preceptos morales que al resto de las actitudes entre los hombres comunes. Entonces se tiene que una debe ser la moral privada, que no persigue más que la satisfacción del interés individual o de grupo, y otra la moral pública, cuya finalidad es en todo momento el bienestar de la sociedad en su conjunto. En el conflicto permanente de la esfera política el Estado no deberá ser nunca considerado como un sujeto entre iguales, sino dotarlo de una supremacía producto del agregado de poderes que ceden parte de su soberanía para la conformación del mismo. Esta moral pública debe basar sus consideraciones acerca del bien y del mal teniendo en cuenta estrictamente los resultados obtenidos, pues siempre existirán en política situaciones cuya solución más conveniente para la conservación del Estado, su estabilidad y por ende el bienestar general, contravengan los postulados de la moral tradicional. Dicho esto, queda de manifiesto que los recursos a que apele la razón de Estado serán válidos si estos tienen como fundamento el mantenimiento del mismo.

Maquiavelo considera claramente la conveniencia de evitar el uso de los recursos de ese tipo hasta donde sea posible, así como lo riesgoso de persistir en la violencia, el tratamiento de estas cuestiones se reserva para apartados posteriores, sólo conviene dejar en claro la nítida percepción que tenía de ellas y, asimismo, que no era un cínico prosélito de estas actitudes sino que, como analista frío y realista de su objeto de estudio, entendía las prácticas de este tipo como algo indeseable y negativo, pero a la vez justo y necesario. Lo consideraba justo porque no podía pensarse que el gobernante mantuviera las reglas existentes en el código moral cristiana tradicional si los demás actuaban en la práctica ignorando las normas establecidas. Era necesario porque no podía maniatarse de entrada al gobernante con los conceptos tradicionales a observar una actitud pusilánime claramente predecible y por tanto susceptible de ser evitada y burlada, debía dotársele de un margen mayor de maniobra en las vicisitudes propias de su oficio. En ambos casos, al igual que el interés social no puede equipararse al individual, la moral y la ética públicas no pueden ser juzgadas a la luz de la misma óptica que la moral y la ética privadas.

EL CONCEPTO DE PRAXIS POLÍTICA

A lo largo de la obra de Maquiavelo se encuentra un firme propósito de ser un observador realista, el cual despojado de todo tipo de prejuicios o atavismos ideológicos pudiera emitir juicios objetivos sobre la acción política, los cuales en conjunto constituyeran el punto de partida de una ciencia autónoma preocupada fundamentalmente por las cuestiones del poder y que excluyera así cualquier asunto no relacionado con esta materia. Es importante señalar que no era de su interés en forma directa el elaborar una teoría dirigida a algunas de las partes en especial de los protagonistas del fenómeno político y que precisamente su objetividad reside en el hecho de que en varias ocasiones sus argumentos se observan como surgidos de un supuesto razonamiento proveniente de alguno de los sujetos y, en general, su obra más importante en relación al ejercicio del poder, El Príncipe, constituye un manual de consejos prácticos susceptibles de ser aplicados por cualquier sujeto de la acción política.

Plenamente conciente de las peculiaridades de esta actividad, entendía desde el principio que el ejercicio del poder requeriría de un vigor enorme, de una decisión enérgica y aún más, de una serie de cualidades difíciles de conjuntar en un ser humano. El gobernante debía entonces optar por dos posibles actitudes en un mundo lleno de perversidades y corrupción que lo único que poseía estable era el conflicto: o actuar tratando de imponerse para lograr conducción o permitir la progresiva decadencia al intentar por medio de los dictados tradicionales ejercer su acción. Para efectuar una acción de tal envergadura, se requerirá en su opinión de una gran capacidad que se basaba en primer término en aptitudes poseídas originalmente, pero lo más importante lo representaba el hecho de que el sujeto de la acción fuera capaz de asimilar el aprendizaje de ciertas normas de comportamiento así como ciertas técnicas a implementar que le permitieran un eficaz ejercicio de poder. Una parte natural y otra adquirida de la normativa eran los componentes esenciales de la virtud. Aunque en la obra literaria de Maquiavelo no existe una clara definición de este concepto, es posible encontrar en sus argumentaciones connotaciones importantes para comprenderlo. En opinión de Skinner virtud en Maquiavelo “es el nombre de aquel conjunto de cualidades que hacen capaz a un príncipe de aliarse con la fortuna y obtener honor, gloria y fama.” (3)

El hombre que actúa en política se ve inmerso en un mundo hostil, en el cual la condición humana alcanza niveles de verdadera abyección, por lo tanto, para Maquiavelo es indispensable que el gobernante posea la capacidad de variar su actitud si las circunstancias así lo exigen. En el planteamiento de este pensador se observa un ferviente deseo por la existencia de buenas leyes que permitan regular la vida social y el fenómeno político; dice que un gobernante que desee alcanzar el buen gobierno debe tratar de dotar a su patria de buenas leyes aún cuando pondera el papel coercitivo que para su cumplimiento habrán de cumplir las tropas: “Y los cimientos indispensables a todos los Estados, nuevos, antiguos o mixtos, son las buenas leyes y las buenas tropas; y como aquellas nada pueden donde faltan éstas, y como allí donde hay buenas tropas por fuerza ha de haber buenas leyes, pasaré por alto las leyes y hablaré de las tropas.” (4)

Incluso, plantea que los grandes Estados han sido construidos en base a buenas leyes desde su fundación o, más precisamente, a la existencia de una ley fundamental que en todo tiempo futuro serviría de referencia para tratar de alejarse de la corrupción. Pero como normalmente los Estados devienen en formas inferiores y corruptas -debido a la teoría de los ciclos recurrentes que él sostiene-, se requiere de un príncipe con gran virtud para conducir al pueblo y al Estado al retorno de su forma original no corrupta.

En el capítulo XVIII del Príncipe plantea:

“Digamos primero que hay dos maneras de combatir: una, con las leyes; otra, con la fuerza. La primera es distintiva del hombre; la segunda de la bestia. Pero como a menudo la primera no basta, es forzoso recurrir a la segunda. Un príncipe debe saber entonces comportarse como bestia y como hombre”.(…) “Si los hombres fuesen todos buenos, este precepto no sería bueno, pero como todos son perversos y no la observarían contigo, tampoco tú debes observarla con ellos”.(5)

Recomienda centralmente aprovecharse del carácter ilusorio que poseen los hombres, los cuales ante un mundo en constante cambio y movimiento, renuncian a adecuarse y prefieren crear sus propias ilusiones estáticas. La acción política tenía lugar en un mundo sin bases permanentes para la acción, sin la confortable presencia de algunas bases de apoyo a la realidad a la cual los hombres pudieran atenerse o de la cual pudieran obtener reglas firmes de conducta. Los hombres encontraban difícil -Maquiavelo lo percibió- aceptar un mundo de transformaciones; ansiaban las constantes. “Los hombres preferían la seguridad de un mundo falso en el cual fuera conocido, a las ansiedades de un mundo real en donde la dolorosa tarea de reajuste tenía que ser emprendida de nuevo”. Por lo tanto, la existencia de estas ilusiones debía ser aprovechada en el sentido que la nueva ciencia planteaba; por una parte, el conocimiento político permitiría a los hombres una estimación más verdadera y objetiva de las situaciones que se le presentaran, desechando las falsas apreciaciones creadas por los prejuicios, falsas esperanzas, ambiciones o expectativas; por otro lado, la práctica del gobernante en el fino arte de crear ilusiones y expectativas en sus enemigos que los condujeran a cometer errores en las confrontaciones.” (6) La prevalencia de las ilusiones no condujo a Maquiavelo en una cruzada por una ciencia que las disipara. En cambio, el propósito de la nueva ciencia era desenmascarar aquellas ilusiones que interferían con los propios fines de la acción política y, al mismo tiempo, enseñar al actor político como crear y explotar las ilusiones que servían a esos fines”.(7)

Considera indispensable, asimismo, el que un gobernante aparente ser exactamente lo contrario, es decir, que aparezca ante los demás como poseedor de todas las virtudes porque esto es útil para gobernar. “No es preciso que un príncipe posea todas las virtudes citadas, pero es indispensable que aparente poseerlas. Y hasta me atreveré a decir esto: que el tenerlas y practicarlas siempre es perjudicial, y el aparentar tenerlas útil. Está bien mostrarse piadoso, fiel, humano, recto y religioso, y así mismo serlo efectivamente; pero se debe estar dispuesto a irse al otro extremo si ello fuera necesario.(…) “Es preciso, pues, que tenga una inteligencia capaz de adaptarse a todas las circunstancias, y que, como he dicho antes, no se aparte del bien mientras pueda, pero que, en caso de necesidad, no titubee en entrar en el mal. En primer lugar, era difícil gobernar una sociedad y obtener apoyo si todas las acciones del soberano violaban los usos morales apreciados por la sociedad. Como un actor político, el soberano debía ser un práctico simulador y disimulador, debía aparentar poseer las virtudes de la buena confianza, caridad, humanidad, y religión. Esto era parte de su maestría en el arte de las ilusiones”.(8)

LA ECONOMÍA DE LA VIOLENCIA

En el acontecer social y político, Maquiavelo creía que no podía ser efectivamente controlado sin que existiera entre gobernante y los gobernados la amenaza de violencia. Asimismo, pensaba que la inestabilidad política existía en forma permanente, sólo podía combatirse por medio de una resuelta acción, cualquier intento de exigir el orden por medio de valores morales sería burlado irremediablemente. Por lo tanto, era inevitable que el papel del actor político llegase a convertirse en ejecutor de la violencia. Llegado el momento, el gobernante no podía evitar injuriar a alguien, pues debía en todo caso tomar una decisión a favor de uno y en detrimento de otro, cuando no para preservar su propia posición. El debía actuar cercado por intereses creados y expectativas, privilegios y derechos, ambiciones y esperanzas, todas demandando acceso preferencial a un número limitado de bienes.

Dado que inevitablemente el gobernante deberá imponerse para controlar esta situación, la concepción que tiene de la aplicación de la crueldad es siempre con la finalidad última de reducir al mínimo posible su uso, por esto ha sido denominada economía de la violencia. En palabras del propio Maquiavelo: “Por lo tanto, un príncipe no debe preocuparse por que lo acusen de cruel, siempre y cuando su crueldad tenga por objeto el mantener unidos y fieles a los súbditos; porque con pocos castigos ejemplares será más clemente que aquellos que, por excesiva clemencia, dejan multiplicar los desórdenes, causas de matanzas y saqueos que perjudican a toda una población, mientras que las medidas extremas adoptadas por el príncipe sólo van en contra de uno”(9). Visto en perspectiva inversa, un hombre de Estado no puede malentender la compasión, es decir, que por ser piadoso permita que cundan los desórdenes y los hombres piensen que su autoridad puede ser burlada y por lo tanto no teman de sus actos; sobre todo que cuando un gobernante quiera usar la violencia para calmar los problemas no requiera aplicar una mayor cantidad y quizá en forma infructuosa, pues puede ser demasiado tarde. De lo que se deduce que al aplicar la violencia en forma ejemplar y selectiva, se contiene cualquier intento de los hombres de atentar contra la estabilidad y el orden. Conviene señalar aquí que en el capítulo XXI Maquiavelo establece que los premios y recompensas a las actitudes buenas de los súbditos, deben ser ampliamente difundidos para ejemplo de los demás ciudadanos.

Pero lo que es muy importante tener en cuenta, es que Maquiavelo enuncia como principio fundamental el mantener una atención al permanente desarrollo del acontecer, previniendo cualquier desorden desde su fase de gestación. De igual forma recomienda reunirse con los gremios para escucharles y atenderles, de manera que la constante atención a los asuntos de Estado permita no sólo prevenir problemas, sino también garantizar la tranquilidad y el respeto a los ciudadanos y a sus bienes para procurar el desarrollo de las actividades que propician el desarrollo del lugar común que es la patria. Por lo tanto, es la primordial atención a estos asuntos la que permitirá evitar el uso de la violencia, pero si aparecen signos de la generación de desórdenes el príncipe debe actuar sin titubeos, pues la prudencia consiste en descubrir a tiempo los problemas porque: “Así pasa con las cosas del Estado: los males nacen de él, cuando se les descubre a tiempo, lo que sólo es dado al hombre sagaz, se los cura pronto; pero ya no tienen remedio cuando por no haberlos advertido, se los deja crecer hasta el punto que todo el mundo los ve”(10).

Existía en él la convicción de que por este camino se podía avanzar en crear esta economía de la violencia, que perseguía una aplicación y medida de la fuerza, y que en todo momento distinguiera la violencia creativa de la destrucción. Evidentemente el control de la violencia requería la determinación de la cantidad necesaria en una situación dada. “Llamaría bien empleadas a las crueldades (si a lo malo se le puede llamar bueno) cuando se aplican de una sola vez por absoluta la necesidad de asegurarse y cuando no se insiste en ellas, sino por el contrario, se trata de que las primeras se vuelvan todo lo beneficiosas posible para los súbditos. Mal empleadas son las que, aunque poco graves al principio, con el tiempo antes crecen que se extinguen(11). Cada aplicación de la crueldad debe ser considerada con gran juicio porque su uso indiscriminado puede conducir a estados de gran tensión social y a un sentimiento de aversión hacia el príncipe con lo cual no sería temido sino odiado. Cuando se pregunta si es mejor ser temido que amado plantea: “(…) el príncipe debe hacerse temer de modo que, si no se granjea el amor, evite el odio, pues no es imposible ser a la vez temido y no odiado”(12).

Por otra parte, Maquiavelo creía que internamente las sociedades podían ser estructuradas en forma tal que se redujera la necesidad de actos de extrema violencia; “La importancia de la ley, las instituciones políticas, y los hábitos cívicos resultarían en regularizar el comportamiento humano, ayudarían a reducir el número de ocasiones en las que la fuerza y el miedo debían ser aplicadas”(13). Cuando considera el caso de los conflictos en las Repúblicas Mixtas, establece que no es la paz sino ese estado de conflicto permanente lo que asegura la libertad del Estado. Esto sucede porque la república se mantiene con la fuerza del pueblo y no en contra de éste; por lo cual establece a lo largo de toda su obra la necesidad de cultivar al pueblo.

Por último, es conveniente decir que Maquiavelo reconocía como aceptable la crueldad cuando ésta después de empleada disminuía y sobre todo con el propósito de acceder o preservar el Estado y, particularmente, le parecía mejor si finalmente se lograban los fines de engrandecimiento del mismo. Reconocía el mérito de quienes a través de maldades y crueldades llegaban a convertirse en gobernantes, pero si persistían y devastaban a su patria lograrían mantener el poder pero no alcanzarían la gloria. Esto sugiere que un teórico como Maquiavelo, quien estaba conciente de la eficacia limitada de la fuerza y quien se dedicó a mostrar como su técnica podría ser usada más eficientemente, estaba mucho más sensible a los dilemas morales de la política que aquellos teóricos quienes, saturados de indagación social y más ansiosos por la regeneración heroica, predicaban la purificación por la santa fama de la violencia.

(1) Maquiavelo, Nicolás “El Príncipe”, Alianza Editorial

(2) Maquiavelo, Nicolás. Op. Cit.

(3) Skinner, Quentin. “Maquiavelo” Alianza Editorial, Madrid.

(4) Maquiavelo, Nicolás. Op. Cit.

(5) Ibid.

(6) Ibid.

(7) Ibid.

(8) Ibid.

(9) Ibid.

(9) Ibid.

(10) Ibid.

(11) Ibid.

(12) Ibid.

(13) Ibid.

« regresar al índice
 
 

PRESENTACIÓN | NÚMEROS ANTERIORES | COMITÉ EDITORIAL | NORMAS | CONTÁCTANOS

REVISTA QUEHACER PÚBLICO

ESCUELA LIBRE DE CIENCIAS POLÍTICAS Y ADMINISTRACIÓN PÚBLICA DE ORIENTE

XALAPA, VERACRUZ, MÉXICO